Amanece. Un rayo de luz ilumina tu rostro y, sin remedio, hace que tus párpados comiencen a abrirse lentamente. Sin poder llegar a enfocar y con los ojos aun pegados, tu mirada sólo alcanza a ver algunos colores revelados únicamente por haber sido tocados con el mismo haz de luz que hizo que nos despertásemos. Poco a poco vamos recobrando la consciencia de dónde estamos y qué nos pasa. Retomamos nuestra andadura x la singladura de los vivos. Cursamos un día más de nuestra existencia.
Viene entonces a nuestra mente la razón por la que yacemos en ese lugar y recordamos como por la noche habíamos tomado la cama como nuestra y, entre ropa abrigada de algodón, mántas de lana y fundas nórdicas rellenas de plumas de ave, nos fundimos en un profundo sueño, ella y nosotros. Nos preparamos entonces para iniciar un viaje inigualable, a un lugar increíble: el mundo de los sueños, donde todo puede ser como nosotros queramos y en donde, casi seguro, nos vamos a encontrar todo lo agusto que deseemos. Morpheo se adueña de nuestro cuerpo y alma por unas horas y propicia que al día siguiente, como norma general, estemos descansados y recuperados para afrontar el nuevo día.
Y es que, como el ave Fenix, cada jornada un día perece, pero al amanecer, un nuevo día resurge de entre las cenizas, lleno de ilusión y esperanza y apurando cada segundo su existencia pues, con toda la razón del mundo, sabe que su existencia acaba con un suspiro de horas y ha de dejar buen sabor de boca al mayor número de habitantes del planeta posible.